Puede que llegue un momento en el que por fin tienes tiempo para parar… y, en lugar de disfrutarlo, aparece la culpa.
Piensas en todo lo que podrías estar haciendo, en lo que todavía queda pendiente o en que «deberías aprovechar mejor el tiempo».
A veces esto ocurre porque hemos aprendido a relacionar nuestro valor con estar ocupadas, ser útiles o cumplir con nuestras responsabilidades. Entonces descansar puede sentirse extraño, incómodo o incluso como si estuviéramos haciendo algo mal.
El problema es que descansar no siempre resulta reparador cuando seguimos mentalmente en modo productividad.
Puedes estar sentada en el sofá mientras tu cabeza continúa organizando, anticipando o repasando lo que tendrás que hacer después. Y así el cuerpo para, pero tú no terminas de hacerlo.
Trabajar esta culpa no significa dejar de ser responsable ni ignorar tus obligaciones. Implica empezar a reconocer que el descanso también forma parte de poder sostenerte.
No necesitas ganártelo terminándolo todo, porque probablemente siempre habrá algo más que hacer.
A veces, aprender a mirar(te) con otros ojos también significa dejar de medir tu día únicamente por lo que has producido.
Descansar no es lo contrario de avanzar. También puede ser una forma de cuidarte mientras avanzas.
