Decir que no puede parecer algo sencillo… hasta que llega el momento de hacerlo.

Quizá sabes que no te apetece, que no puedes asumir una cosa más o que necesitas descansar. Pero aun así dices que sí.

A veces no es falta de límites. Es miedo a decepcionar, a generar conflicto, a parecer egoísta o a que la otra persona cambie la forma en la que te ve. Entonces adaptarte puede resultar más fácil a corto plazo.

Evitas la incomodidad de poner un límite, pero después pueden aparecer cansancio, enfado, frustración o la sensación de que tus necesidades siempre quedan para después. Y esto puede repetirse tantas veces que termines creyendo que «eres así».

Trabajar los límites no significa volverte fría, distante o dejar de cuidar a los demás. Significa empezar a reconocer que tus necesidades también forman parte de la relación.

Poner un límite puede generar culpa y, aun así, seguir siendo necesario. No siempre necesitamos esperar a sentirnos completamente cómodas para empezar a cuidarnos de otra manera.

Aprender a mirar(te) con otros ojos también puede significar entender que decir que no no siempre es rechazar a alguien. A veces es dejar de rechazarte a ti.