Puede que termines una tarea y, en lugar de sentir satisfacción, tu cabeza pase directamente a lo siguiente.
Quizá consigues algo importante, pero enseguida piensas que podrías haberlo hecho mejor. O miras todo lo que todavía falta y lo conseguido pierde peso.
La autoexigencia puede disfrazarse de responsabilidad, compromiso o ganas de mejorar. Y, en cierta medida, esas cualidades pueden ayudarnos.
El problema aparece cuando nada termina de sentirse suficiente. Cuando siempre hay un siguiente objetivo, un error que corregir o una versión mejor de ti a la que llegar, es difícil experimentar descanso o satisfacción real.
A veces no se trata de que tengas expectativas altas, sino de que tu sensación de valor empieza a depender demasiado de cumplirlas. Entonces equivocarte pesa más, parar genera culpa y los logros duran muy poco.
Trabajar la autoexigencia no significa dejar de esforzarte ni renunciar a tus objetivos. Significa poder reconocer cuándo una exigencia te ayuda a crecer y cuándo empieza a desgastarte.
También aprender a darte valor en los días en los que no produces tanto, dudas o simplemente no puedes con todo.
A veces, aprender a mirar(te) con otros ojos empieza por dejar de preguntarte cuánto más deberías hacer y empezar a reconocer todo lo que ya estás sosteniendo.
